Pedagogía narrativa para la finitud

Pedagogía narrativa para la finitud


Cabe esbozar, sólo esbozar, con Mèlich, una pedagogía de la finitud, consecuente con el carácter finito, contingente, inacabado de la existencia humana. Mèlich acude a lo antropológico y a lo subjetivo para sustentar en ello, en su incierto suelo, una incierta praxis pedagógica que es poética, literaria, narrativa. En la literatura se encuentran claves, según este autor, para el encuentro con las limitaciones espacio temporales del hombre, que sirva para exorcizar la demonización que ocurre, en palabras del teólogo Paul Tillich, cuando lo relativo es elevado a absoluto, cuando lo relativo es, inapropiadamente, absolutizado, perdiendo su carácter contingente y pasando a ocupar como un todo el conjunto de lo real en sus resquicios, falsamente. Mèlich subraya en su libro Filosofía de la finitud (Herder, Barcelona, 2002) la temporalidad y la memoria como parte de una pedagogía que resitúe en la metamorfosis a las personas, esto quiere decir que introduzca un pasado y un futuro sin el predominio de uno sobre el otro. En el discurso de Mèlich subyace una negatividad, una constante dialéctica en el sentido de poner el énfasis en lo no logrado, en el sentido negativista más adorniano, de lo que resta, de lo que no está, de lo ausente. Así, en una teoría del lenguaje, cobraría mayor importancia, por ejemplo, lo no dicho que lo dicho. El referente del Tractatus es traído a colación varias veces por el profesor Mèlich. Hay en el mundo, en la palabra, en la memoria, una serie de vacíos, de no lugares, que son también constituyentes, como magnitudes negativas, como densidades o presentes impresencias que una pedagogía de la finitud habrá de considerar. 
Esto en algún capítulo lo vincula Mèlich con la ética. Asume una perspectiva de estilo levinasiano, por la cual es la alteridad, el otro, lo que se introduce como una cuña en la totalidad que es uno, en la propia identidad, resquebrajándola. Educar es, desde esta perspectiva, un constante horadar, un desintegrar para que la persona se mueva. El Otro llega aportando su tiempo, su otro tiempo, que como todo acontecimiento, es extraño, fugaz y, por supuesto finito y moribundo. En un capítulo final Mèlich evoca a la luz de estas reflexiones el eros (como hace Levinas también en su obra Totalidad e infinito), la pasión amorosa y el orgasmo. Todo ello marcado por el carácter de lo finito, es decir, atravesado por la muerte, por el thanatos, por la duración, con algo de posesión, de locura y de acontecimiento. Ocurre como una transubstanciación que aun cuando termina, nos deja una huella, un cierto estigma, un recuerdo, que lo es de vida y de muerte.
Asumir, en este sentido, la finitud, sin engaños, quiere decir, asumir la muerte de lo que muere como tal, de lo que llega a su límite como llegado a su límite. Pero Mèlich añade una reflexión que contradice a una serie de pensamientos que hace unos años escribí en cierto capítulo de un libro y un artículo, sobre el vínculo entre lo finito y lo mortal, es decir, la identidad entre la finitud y la muerte. Para mí la finitud, la existencia estigmatizada de finitud, quería decir existencia moribunda, existencia de muerte, existencia que muere, como si nada más nacer ya apareciera la muerte que fuera ocupando su terreno poco a poco, hasta culminar su proceso. Mèlich, si lo he entendido bien, no lo ve así. Para él esto sería una absolutización de la muerte que no sería consecuente con la finitud, la cual por definición consiste en no demonizar (Tillich) absolutizando lo que es relativo. En la vida, finito quiere decir relativo, no firme, no absoluto, y ni siquiera la muerte es absoluta, en el intervalo que llamamos existencia o vida. Rendir el debido tributo a nuestro carácter finito no quiere decir que rindamos culto a la muerte, como si la existencia, la vida, no contara, no fuera nada. Sí hay algo que se mueve, en medio, entre nada y nada, algo que debe asumirse como incompleto en todos sus aspectos, incluso cuando lo vemos en términos positivos, porque como hemos dicho, es más lo que falta y lo restante que lo logrado, siempre. Esto no puede sino vivenciarse, experimentarse y compartirse como intercambio de experiencias en lo que sería, según Mèlich, la relación educativa. Un escuchar la experiencia llegada del otro, acto subversivo donde los haya, habida cuenta de que estamos en la sociedad de la victoriosa totalidad, la que Horkheimer denominara “sociedad administrada” y que la literatura recogió en la forma de novelas que se contraponen a las narraciones donde no hay desintegración sino aprendizajes, expone Mèlich. 
La experiencia del otro es lo que, decíamos, irrumpe, acontece. En el siglo XX la experiencia crucial ha sido, parece sugerir Mèlich, la experiencia negativísima por excelencia, la experiencia del mal, pero del peor de los males, que es el del cierre total, el de la absoluta victoria del final de las experiencias, del cierre de toda escucha y de la alteridad que acontece. Se trata de lo representado por Auschwitz. Cuando nos enfrentamos a ello, lo que precisamente muestra un límite al lenguaje por la dificultad de ser expresado, sabemos que hemos topado con un cierre de algo. El infierno decía Dante es donde ya no queda esperanza, y pensemos que la esperanza es lo que, siguiendo a Bloch, se ha podido también denominar “utopía”. No voy aquí a extenderme en el bello discurso de Bloch sobre los sueños diurnos y las posibilidades de lo real, pero sí quiero destacar la relación con la apertura de lo real que tiene lo que él llamó principio esperanza, que no es sino esa suerte de cuña que en las primeras líneas de este brevísimo post hemos utilizado como metáfora de exterioridad liberadora, abridora. Exterioridad que para Bloch no es equivalente de una trascendencia totalmente externa, al estilo gnóstico, sino inmanente. 
Es decir, en Bloch se trata de una apertura dentro del mundo, de eso finito que llamamos materia o mundo. Esto tiene una estructura capaz de crear anticipaciones y configuraciones nuevas a partir de lo dado, de lo previo, de manera que el futuro puede ser parido por el pasado, pero también puede el futuro parir al pasado. Hay una reestructuración constante de la realidad que está en Bloch cabalmente explicada y que Ellacuría pareció leer en él (sumándole la metafísica zubiriana), a todas luces, y ampliar en su Filosofía de la realidad histórica. Digo esto porque me parece que el planteamiento de Mèlich no es como tal vez alguien pudiera pensar un planteamiento idealista, vaporoso o vago, sino que como vemos, puede ser fácilmente casado con filosofías materialistas que, como el propio Mèlich (afín a la tradición más hermenéutica o heideggeriana, según puede en principio parecer aunque bebe mucho de Adorno) explican en términos negativistas el proceso del mundo. En realidad, Mèlich plantea una filosofía y una pedagogía antitotalitarias, lo tiene muy claro y piensa hacia esa meta, creo, pero se cuida de ser él mismo dogmático. 
De la posmodernidad parece haber aprendido una cierta humildad epistemológica y filosófica que le hace entender el conocimiento y la razón en un sentido muy amplio que incluye, como vimos en el último post, lo simbólico. Acepta que existe una necesidad antropológica de suelo para vivir la finitud, que es consecuencia de la finitud. No obstante aquí debo decir que en el libro anterior detecté lo que ha parecido una pequeña incoherencia en cuanto que justificaba el mito, el rito y los relatos y símbolos como velos para escapar o soportar mejor el carácter contingente de la existencia. En este libro, sin embargo, parece enfatizar otra salida, más en la línea fenomenológica de Levinas, de una ética de la alteridad, antes que hermenéutica, en la que lo finito es abordado sin velos. Hay palabra que abre y hace patente la finitud, en lugar de ocultarla (es lo que debe hacer el pedagogo, pues además así lucha contra el poder, señala Mèlich). En cualquier caso lo que queda claro en ambos libros es que la pedagogía tiene que reconciliarnos con lo que no somos (dioses), entendernos en términos negativos, dinámicos, narrativos y sobre todo éticos. Es una tarea dialógica, experiencial (en el libro que hoy comento dedica algunas páginas a hacer una breve historia del término experiencia para acabar asumiendo una concepción de la misma como vivencia o acontecer existencial). En Mèlich hay una fuerte presencia de la subjetividad a la que, sin embargo, caracteriza, obviamente, la impresencia, su carácter indefinido.     

Educación y filosofía

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